Relatos de náufragos

A Abilio Estévez y Ena Lucía Portela

 

Me come un mar batido por las alas 
de arcángeles sin cielo, naufragados.

(Dulce María Loynaz, “Isla”)

 

Será mejor abandonar por un momento el miedo y volver a la esperanza. Allá, en La Habana, frente al mar, ¿qué se puede decir de la esperanza? Será preferible que hable de las balsas. Veníamos aquella tarde de Santa Cruz del Norte, en el Aleco blanco de Abelardo Estorino, conducido por Ismael. Habíamos pasado un tranquilo fin de semana en La Loma, presidida por un antiquísimo tanque del siglo XVIII, y poco conocíamos del estado de las costas y mucho menos del ánimo aventurero y desesperado de los hombres. Ignorábamos la tragedia. Era la tarde, y se había perdido ya ese brillo intenso del sol, por lo que el mar se veía con el azul hondo que precede la noche. Cuando llegamos al Rincón de Guanabo (lo recuerdo muy bien), en la casetera de la máquina se escuchaba a Carmen McRae, su “Send in the clowns”, que siempre nos provoca un alegre tristeza. En ese lugar donde termina la playa de Guanabo y comienzan los arrecifes de la costa del norte que llegan hasta Santa Cruz, había estado yo varias veces años atrás, con algunos amigos; montábamos allí casas de campaña, porque nos gustaba su tranquilo abandono, su aspecto de playa lejana y desierta, digna de la novela famosa de Defoe, con ese encanto que  tienen siempre las cosas abandonadas o las playas dejadas de la mano de Dios. Aquella tarde, sin embargo, en que regresábamos de Santa Cruz, había una multitud en la playa, habitualmente vacía. Pronto vimos a qué se debía. Un grupo de hombres intentaba echar al mar cinco balsas gigantescas. Digo balsas por simplificar. Eran cinco armatostes elaborados con maderas viejas y puestas sobre neumáticos. En ellas llevaban garrafas de agua y algunas vituallas. Hombres y mujeres, con trajes de baño, empujaban aquellos artefactos por la arena hasta que llegaban al mar. La comprobación, entonces, de que flotaban en el agua provocaba gritos de júbilo. Pero un júbilo que duraba poco. De inmediato, el pueblo de la alegría, del fiesteo, el de los permanentes ritmos de la salsa, repara en los familiares que quedaban en la arena. Esos familiares o amigos no subirían a las balsas y permanecerían, por tanto, en la isla, con la incertidumbre de no saber qué travesía les esperaba, si los vientos serían favorables, si el Instituto de Meteorología no se había equivocado anunciando un tiempo sin tormentas, si aquellos que se iban llegarían sanos y salvos a costas norteamericanas, o si, por el contrario, terminarían comidos por los peces en el fondo del mar. Las más ancianas, cuya sabiduría y auto control se veían puestos a prueba, llevaban Vírgenes de Regla, que es la Virgen negra, que es Yemayá, que es la reina de los mares, y las entregaban al joven que a todas luces ostentaba el mando de la travesía.. En esos casos, una Virgen de Regla es más valiosa que una brújula. Las balsas, las tablas sobre neumáticos, repletas de habaneros, comenzaban a duras penas a remontar las aguas mar adentro, y cantaban

¡A remar!,  ¡a remar!, ¡a remar!
Qué la Virgen de Regla nos va a acompañar

     Los que quedaban en la playa, creyentes o no, caían de rodillas sobre la arena. Decían adiós y lloraban. La noche comenzaba a caer sobre el Rincón de Guanabo. Las balsas se perdían en la noche, en aquel inmenso enigma que es el mar de la noche. Se hacía preciso adentrarse mucho en la Corriente del Golfo antes de que el sol hiciera presente su castigo, tan duro y peligroso como el propio mar. Los que no habían tenido edad, coraje, decisión y oportunidad de partir, permanecían en la orilla mucho tiempo, hasta bien entrada la noche.
     Estos lamentables adioses también los he visto, y cualquiera puede verlos, en la Terminal 2 del aeropuerto de La Habana. El lugar es horrendo y más bien semeja un sucio hangar, habilitado exclusivamente para los viajes entre La Habana, Nueva York, y Miami. Viajeros y familiares invariablemente se despiden con tono trágico, como si alguno de ellos partiera a la más sangrienta batalla o directamente a la muerte. Despedidas semejantes a las que podrían verse en cualquier situación de Guerra. Como cuando las familias judías terminaban divididas y enviadas a diferentes campos de concentración. En cierto modo, exagero. Pero ésa es la sensación que se percibe allí, la referencia histórica que de inmediato acude en tu ayuda, la única comparación posible  cuando ves las familias abrazadas y desechas en llanto. (Subrayo: las alegres parentelas de la maracas, de los bongos y las fiestas escandalosas diarias.)  Igual que aquellas familias judías, muchas de estas cubanas saben que no se reencontrarán. Y aunque alguún día se reencuentren, algo extraño habrá sucedido. La muerte no siempre es exactamente la muerte. A veces se llama separación, distancia, ausencia. (Abilio Estévez, Inventario secreto de La Habana, 69-71).

 

 

NAUFRAGAR, v. n. Irse à pique ò perderse la embarcación. Viene del Latino Naufragari, que significa lo mismo. Lat. Naufragium facere. Pellic. Argen. part. 2. lib. 1. cap. 1. Las demás naves, rotas las gúmenas, destrozadas las áncoras, naufragaban à todas partes, cercanas à la ruina.

Naufragar. Metaphoricamente vale perderse ó salir mal de algún intento ó negociado. Lat. Naufragari. Naufragium facere, pati.

NAUFRAGANTE, part. act. del verbo Naufragar. El que naufraga. Lat. Naufragans. Alcaz. Chron. Decad. 2. Año 5. cap.2. §. 5. Por haberse querido quedar con los naufragantes en el común peligro. Quev. Mus. 2. Son.77.

Eres robusto escándalo à orgullosa Proa,
que por peligros naufragante,
Te advierte y no te toca escrupulosa.

NAUFRAGIO, f. m. Perdida o ruina de la embarcación en el mar. Lat. Naufragium.Espin. Escud. Relac. I. Desc. 4. Pero el que está todavia padeciendo el naufrágio, solamente se acuerda de lo presente. Corn. Chron. tom. 3. lib. 3. cap. 29. Los que han escapado de las fatalidades del naufrágio, en borrascas deshechas y desesperadas.  

Naufragio. Metaphoricamente vale pérdida grande en qualquier línea, desgracia u desastre. Lat. Naufragium. Fr. L. De Gran. Trat. de la Orac. part. 1. cap. 1. §.4. Pues este es el remedio que le quedó al hombre, después de aquel miserable naufragio y despojo. Cerv. Persil, lib. 4. cap. 5. Señalaron con el dedo la segunda tabla de nuestro naufragio, que es la penitencia.

NAUFRAGO, GA. adj. Lo que se ha perdido en algún naufragio ù tormenta. Aplicase freqúentemente a las cosas que andan sobre las aguas, después del naufrágio. Lat. Naufragus. Pellic. Argen, part.2. lib.2. cap.5. Y se extendía este derecho en particular contra aquellos, que náufragos por la fuerza de los vientos, ó injuria de la tempestad, fuessen arrojados en aquella playa. Gong. Sol. 2.

………..Verdugo horrendo
Del náufrago ambicioso mercadante.

NAUFRAGO. Se aplica también à un pez cetáceo, que es el mismo que en los mares de Indias llaman Tiburón, porque sigue ò anda al rededór de las naves, ó el que llaman Orca, que no es menos monstruóso. Lat. Naufragus.Cerv. Persil, lib.2. cap. 15. Sin duda alguna esta lluvia procede de la que derraman por las ventanas, que tienen mas abaxo de los ojos aquellos monstruosos pescados, que se llaman náufragos.

Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua. Dedicado al Rey Nuestro Señor Don Felipe V. (Que Dios guarde) a cuyas reales expensas se hace esta obra. Compuesto por la Real Academia Española. Tomo Quarto. Que contiene las letras G.H.I.J.K.L.M.N. con privilegio. Madrid: Imprenta de la Real Academia Española: Por los herederos de Francisco del Hierro. Año de 1734. p. 652.

     Yo creía que mi situación había llegado al colmo, pero si algo le enseña a uno un sistema totalitario es que las calamidades son infinitas. En el verano de 1973 Coco Salá y yo nos bañabamos en la playa de Guanabo. Allí tuvimos relaciones sexuales con unos muchachos, metidos en los manglares. Realmente, pasamos un buen rato con ellos. Después de hacer el amor con los muchachos, depositamos los bolsos en la arena y seguimos bañándonos. Como a la media hora fuimos robados por aquellos recientes amantes, se llevaron nuestros bolsos. Coco llamó a la policía, cosa que nunca se debe hacer en un caso semejante, y la patrulla nos montó en su carro y recorrimos la playa para ver si encontrábamos a los ladrones. Efectivamente, en un pinar cerca de la playa iban los muchachos con nuestros bolsos.
     La policía los detuvo; el hecho era obvio; tenían nuestras propiedades.  Fuimos hasta la estación de la policía, cosa que no hubiera hecho yo, pues, cuando se vive en un país como aquél, lo mejor es evitar todo contacto con la policía. Los muchachos llegaron muy campantes allí con los bolsos y dijeron:  “Estos son unos maricones que trataron de rascabucharnos, nos tocaron la pinga y les cogimos los bolsos porque les caímos a golpes y ellos salieron huyendo. En realidad, íbamos con los bolsos a la estación de policía para entregarlos”. La historia no era creíble pero, evidentemente, nosotros éramos homosexuales y los muchachos, por demás, tenían un tío que era policía y trabajaba en la estación de Guanabo. De manera que de acusadores pasamos a ser acusados, y esa noche ya estábamos arrestados y dormimos allí en la estación de policía.
     Yo pensaba, ingenuamente, que no tenían pruebas contra nosotros y que si algo se podía demostrar era que ellos nos habían robado. Pero olvidaba un artículo de la ley castrista que dice que en el caso de que un homosexual cometa un delito erótico, basta con la denuncia de una persona para que él mismo pueda ser encausado. Nosotros fuimos no sólo encausados, sino conducidos a la cárcel de Guanabacoa.
     Allí llamaron a la UNEAC, que elevó los peores informes sobre mí. De repente, todo lo positivo desapareció de mi expediente y sólo era un contrarrevolucionario homosexual, que había publicado libros en el extranjero.

(…)

     Indudablemente, ya no se trataba de un delito común, de un escándalo público, como originalmente se había levantado la causa. Ahora se trataba de un contrarrevolucionario que hacía incesante propaganda contra el régimen y la publicaba fuera de Cuba; todo se había preparado para meterme en la cárcel.
     Mi tía, naturalmente, estaba enterada de todo. También ella había hecho un largo informe al tribunal, donde contaba mi vida depravada y  mi actividad contrarrevolucionaria. No tenía escapatoria.
     Olga, la esposa de Miguel, por esos días regresó de París. Por última vez, pues también ella tenía miedo de que en un momento determinado  no la dejasen salir más de Cuba; le conté todo lo que pasaba. Ella en París se pondría de acuerdo con mis amigos Jorge y Margarita Camacho y con mi editor. Algo harían para ayudarme a salir clandestinamente del país. Yo le dije el peligro inminente que corría de ser arrestado antes de que se celebrase el juicio. Lo mejor era que no tuviera que presentarme al juicio y que pudiera darme a la fuga. En ese caso me escondería en algún lugar y le enviaría un telegrama a Olga que dijera: “Envíen libro de las flores”. Ellos enviarían un bote plástico, un pasaporte falso con mi fotografía, y un equipo submarino;  algo con lo que yo pudiese irme del país.
     Eran, desde luego, esperanzas remotas; esperanzas de desesperado, pero casi siempre las esperanzas son de los desesperados. Yo no quería resignarme a la cárcel; antes de que Olga se fuera mecanografié rápidamente mi poema “Morir en junio y con la lengua afuera”, cuyo borrador tenía en casa de unos amigos que todavía viven en Cuba, y “Leprosorio”, escrito a partir de mi experiencia en la cárcel de Guanabacoa. Olga sacó estos poemas.

(…)

     Corrí a la playa para encontrarme con mi amigo el negro, pero, en su lugar, la playa estaba llena de policías. Evidentemente, me buscaban. Por suerte no se les ocurrió ir a buscarme a mi casa y pude recoger el dinero y destruir todo lo que hubiera allí que pudiese comprometerme. El amigo que me consiguió el short me escondió en una de las castas de la playa y caminó cerca de mi casa comprobando que estaba custodiada por policías con perros. Me dijo que me lanzara al mar y que me escondiera detrás de una boya, porque allí los perros no podrían descubrirme. Allí estuve todo el día y por la noche mi amigo me hizo una seña que podía salir del agua y me compró una pizza con su dinero; el mío estaba completamente empapado. Me escondió en la caseta de los socorristas. Al otro día, toda la playa estaba llena de policías que me buscaban; era difícil salir de mi escondite. Mi amigo consiguió una goma de automóvil, una lata de frijoles y una botella de ron. Ya de noche caminamos por entre los pinares hasta la playa de La Concha. Él me había conseguido también unas patas de rana y la única solución era que yo abandonara el país en aquella goma. Antes de tirarme al mar, cogí el dinero que tenía y lo escondí cerca de la costa en un montón de piedras. Mi amigo y yo nos despedimos. “Mi hermano, que tengas suerte”, me dijo. Él estaba llorando.
     Yo me amarré la goma al cuello con una soga, él la había preparado de modo que yo me pudiese sentar en ella, con un saco debajo. En una bolsa, también de saco, me había metido una botella de aguardiente y la lata de frijoles negros. Deposité todo aquello en el fondo de la cámara y me introduje en el mar. Tenía que irme de allí huyendo por aquella misma playa donde había pasado los más bellos años de mi juventud.
     A medida que me alejaba de la costa, el mar se hacía más violento; era ese oleaje tumultuoso de noviembre, que anuncia la llegada del invierno. Estuve alejándome toda la noche; a merced del oleaje, avanzaba lentamente. A cinco o seis kilómetros de la costa, comprendí que era difícil que llegara a algún sitio. En alta mar comprendí que no tenía forma de abrir aquella botella y ya tenía las piernas y las articulaciones casi congeladas. De repente, en la oscuridad surgió un barco y se dirigió directamente hacia mí. Yo me lancé al agua y me escondí debajo de la cámara. El barco se detuvo a unos veinte metros de mí y sacó un enorme garfio, que parecía como un cangrejo gigantesco y lo hundió en el agua. Era, al parecer, un arenero que trataba de sacar arena allí; yo sentía sus voces, sus risas; pero no me vieron.
     Comprendí que no podía seguir avanzando; más allá se veía una línea de luces a lo lejos; eran los guardacostas, los barcos pescadores, o los demás areneros, que formaban casi una muralla en el horizonte. El oleaje se hacía cada vez más fuerte. Tenía que tratar de regresar.
     Recuerdo que algo brillaba en el fondo y sentí miedo de que algún tiburón pudiera comerme las piernas que, desde luego, llevaba fuera del agua. Unas pocas horas antes del amanecer me di cuenta de que aquello era un absurdo, que la propia cámara era un estorbo, que casi podía  llegar primero a Estados Unidos nadando que con aquella goma, sin remos ni orientación. Abandoné la goma en el mar y nadé durante tres horas hacia la costa con la bolsa que contenía la botella y la lata de frijoles amarrada a la cintura. Estaba casi paralizado y mi mayor temor era que me diese un calambre y me ahogase.
(Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, 181-187)

     Cualquiera en Cuba tiene un balsero en la familia, o un amigo balsero. Unos llegaron, otros no, ésos son nuestros desaparecidos, y ni siquiera sabemos la cifra exacta de los muertos. En 1965 comenzó el éxodo marítimo de algunos cubanos por el Puerto de Camarioca, la cantidad fue de 4,993 personas. La segunda ola fue en el año 1980, 124,799 salieron por el Puerto de Mariel. Las condiciones ya las conocemos: los de Miami alquilaban embarcaciones e iban a recoger a sus familias, las autoridades cubanas les repletaban los barcos con los que se llamó ‘la escoria’ y muchos tuvieron que regresar a Miami con los barcos llenos de extraños, también otros tantos cubanos sacados  a la fuerza de sus casas y montados en los barcos. Enfermos mentales y presos fueron insertados en los viajes. A los recién llegados se les llamó ‘marielitos.

(…)

     Recuerdo muy bien la agresividad de los ochenta, los tomates, los huevos lanzados a los que decidieron irse, las injurias, las provocaciones, los ataques. Nada de eso ocurrió en el verano del 94, primero no había ni huevos ni tomates, y segundo ya nadie tenía ganas de insultar, sino de apoyar, de levantarle la moral a los que se iban, quién sabía si para el nunca. Recuerdo las enormes balsas. Recuerdo las enormes balsas construidas con cualquier cosa, palos podridos, sábanas agujereadas, sogas gastadas, neumáticos vencidos, remos claveteados hechos con endebles maderas. Se construían en las azoteas, en los patios, en las orillas de las playas, en medio de la calle, participaba toda la familia, hasta el perro, quien también viajaría. Cuando la balsa salía ya, presta para el embarque, en hombros de sus futuros ocupantes, una multitud de curiosos solidarios vociferaba a pleno pulmón: “¡Miami! !Miami!” El espectáculo era excesivamente doloroso: madres que despedían a sus hijos, niños pequeños que quedaron al cuidado de las abuelas, o mujeres que con niños de meses en brazos esperaban la primera oportunidad para subirse en una balsa. Ricardo Vega, mi esposo, filmó en diferentes sitios claves: el Rincón de Guanabo, Cojímar, en el mismo Malecón, intentaba disuadir a las mujeres con niños, una de ella, desde una balsa le contestó: “¿Aquí no dicen que patria o muerte? Pues nos vamos a la muerte.” La policía observaba con absoluta indiferencia. (Zoé Valdés, En fin, el mar. Cartas de los balseros cubanos, 5-6).

     Cómo ibas a vivir en otra ciudad que no fuera La Habana, te vas diciendo y el olor a salitre la agradable brisa te inundan mientras contemplas ese espacio azul que se extiende al infinito, y te gustaría saber qué piensa ese otro que a corta distancia también contempla el mar sentado en el muro del malecón que tú vas bordeando hasta llegar a casa, “quizás todo su problema es que quiere irse y no puede, pero seguro que no se plantea nada más”, y vas fumando y acelerando el paso porque ya es tarde, debes llegar a la casa antes de que tu pobre madre loca salga a la acera a preguntarle a los vecinos y a todo el que pasa: “Oiga:¿ha visto a mi hija?”, y así hasta que apareces frente a ella, que cuando te va a preguntar lo mismo la coges del brazo y la haces entrar y le dices, como siempre, que tienes mucha hambre, para que ella entonces se sienta muy importante muy importante cuando te explica hasta el más mínimo detalle de todo lo que tuvo que hacer para prepararte esa comida humeante que ahora te presenta como un trofeo sobre la mesa, y tú, como todas las tardes, elogias el guiso de lo que sea, mientras a ella se le queda detenida la sonrisa de satisfacción hasta que has terminado de comer, y se levanta a recoger la mesa y va amontonando lo platos en el fregadero, porque “mañana será otro día”, dice siempre, y va para el sillón desvencijado, justo frente al televisor, para ver cualquier cosa, ese ridículo televisor soviético del que cuelga por detrás una bolsita con una especie de arenilla antihumedad, y te das cuenta de que después de todo es muy exótico eso de vivir rodeada de objetos de países en los que nunca se había pensado fuera de las clases de geografía, piensas, mientras tu madre está dormitando frente a la pantalla, con sus piernas cortas y unos pies regordetes de los que cuelgan unas chancletas de tela bastante deterioradas, “ya es hora de tratar de conseguirle otras”, y estás completamente convencida de que no te puedes ir porque no puedes cargar con una loca ni tampoco dejarla, y vas a la puerta a cerrarla con llave porque ya es hora de dormir, y recuerdas el día de 1980 en que tu madre le dijo a tu padre en la puerta, en esa misma puerta casi podrida por el sol y la lluvia: “vete para el Norte, gusano, con esa familia que nunca se ocupó de ti, que ni a mí ni a mi hija se nos ha perdido nada allá”, mientras la turba palo en mano lo espera afuera, abriéndole espacio para que pase por debajo de los golpes, y él corre, y se protege precariamente la cabeza con sus dos brazos, tratando de alcanzar el viejo auto del compadre que lo debe estar esperando en la siguiente bocacalle, y tú sales detrás de él y al principio también coges palos porque la turba no sabe que tú no te vas, así que son los vecinos los que te salvan cuando gritan: “¡Ella no, ella es revolucionaria!”., y tú no sabes por qué estás corriendo detrás de tu padre, pero corres detrás de él, y los vociferantes corren también junto contigo, y ya muy cerca de él le gritas que se detenga, pero él no se detiene, él sigue corriendo hasta que logra llegar al auto y meterse dentro de un tirón, y te quedas de pie en la esquina, viendo aquel destartalado Chevrolet de ’48 llevarse al viejo hacia el puerto de Mariel.  (Lilliam Moro, En la boca del lobo, 94).

     Todo lo que tenía de lejana y apartada la playa, se acentuaba con la noche.
     La noche descendía, con sus nubes densas, y Valeria creía que el cielo quería unirse con la tierra, y que se unía, y que algo, una niebla, lo cubría todo, cada muro y cada esquina. No se veía el mar, es cierto. Se escuchaba. El rumor de las olas se extendía.
     Entonces se oían los golpes de los remos, las brazadas, y alguien decía:
     --Son ellos, los náufragos.
     Regresaban. Aquellos que habían tratado de alcanzar el Norte, la Tierra Firme sin haberlo conseguido.
     --Aún después de muertos no se resignan.
     --Nunca se resignan.
     --Sólo buscan un poco de reposo para continuar viaje, mañana, si Dios quiere…
     Al amanecer, cuando la casa estaba a punto de despertar con el humo de la carbonería y los olores del café, otra vez el golpe de los remos, las brazadas.
     Y los personajes de esta historia suspiraban o hacían un gesto de resignación.
En cuanto amanecía Valeria iba en vano a la orilla. Como siempre, en la playa sólo encontraba más sargazos y peces muertos, sorprendidos por la marea. (Abilio Estévez, El navegante dormido, 229)

Querida Familia, Mamá:

     Ante todo y coordinando mis Ideas, quiero darles a conocer de manera general todo o casi todo de mi travesía, para que estén bien enterados y para que nadie les haga cuento.
Les hago llegar una carta para los dos, pues difícil conseguir papel y luego que lo tienes, la pluma.

(…)

     Dísculpame si no se me entiende algo, pero creo que está todo muy fresco y aun se me van las ideas o no las coordino bien, pero sé que me entenderán. No quiero ni que se depriman, ni se amarguen sólo contarles la verdad y lo que deben saber.
     Pero, volviendo, en realidad y ustedes lo saben nuestra embarcación no era la más apropiada y muchísimo menos para niños y llevábamos 2. Juan se portó como un hombrecito, Ismael no entendía por qué todo esto y tanto sol, tanta agua, tantos preparativos, tantos llantas, ni tanta desesperación. Cómo explicarle a un niño de 4 años que todo se debía a la búsqueda de un futuro mejor y para ellos uno nuevo. Sara se desquiciaba cada vez que Is comenzaba a llorar yo trataba de ayudarle un poco pero en realidad nos desesperábamos todos.

(…)

     Luego de dejar de ver las Costas vimos otras cosas, el mar estaba un poco furioso o no un poco falso o no Juan no dejó ni un momento su brujula y al norte Gracias a Dios y lo si el queriamos  llegariamos. (sic)
     Pero ahora, me oriné del miedo cuando a un lado de nosotros se encontraban 2 amigos o 1 matrimonio o qué se yo par de tiburones. Juanito se abrazó de mí y Sara soltó un grito tal que hizo que Is despertara luego de hacerlo dormir fue peor, cuando llevábamos una hora de recorrido y por muchos esfuerzos no se marchaban, estaban esperando carne fresca, porque secuelas de haber comido ya antes alguna otra pues tenían demasiado, así y todo no se llenaban. Solo en el Acuario yo los había visto, nunca te llegas a imaginar cuan es la realidad de todo. Como tampoco la de esta triste travesía. 

(…)

     Juan y Luis hicieron todo lo posible para que Sara, los niños y Yo no miráramos solo que algo no pude evitar de recordar y aun me quita el sueño como el bracito de un niño comido por esos crueles que además nos escoltaban hacía ya unas cuantas horas. Y entonces los Odié y lloré todo mi trayecto por lo tanto no pude ni remar, ni comer y vomitaba a cada rato.
Cuánto diera por volver atrás y cerrar los ojos y olvidar. Cuánto Mamita diera por verlos o por volver a nacer y estar Siempre junto a Ustedes. No supiera como lo hago haciendo estas líneas que no debían leer pues me entristece que se enteren. Algún día podré hacerles la historia a la futura humanidad y quede la Memoria de todos como ese niño que ahora me quita el dormir.

(….)

     Al amanecer que sorpresa se acercaba un helicóptero que nos hacía señas como para que nos detuviéramos. Sospechábamos que algo se traía y luego aparecía un mostrazo … de barco blanco Grande. Nos tiraron la escalera y eran los hermanos al Rescate. Pero entonces Is que fue el primero de ninguna manera quería subir y le dieron como ataques se prendía de Sara y no había formas Juanito al ver a su hermano lloraba y subimos nosotros 2. Los muchachos del barco nos preguntaron que si no había ninguna objeción si inyectaban al niño para calmarlo y así dormiría. Sara dijo que sí y yo le decía que hiciera la Idea que estaba enfermo y había que confiar en los médicos. Ya todos encima del mostrazo y a no ser por la bandera Americana no lo hubiese creído…
     Entonces que tristeza, pero lo cuento; pues vimos muchas embarcaciones solas navegando a la deriva u otras navegando igual sin rumbo y haberlo perdido todo o peor gentes enloquecidas de haber visto perder sus hijos o familiares que si yo lo cuento y todavía me pregunto cómo puedo soportarlo…
     Bueno siguiendo el trayecto llegamos a tierra y nos esperaba un refugio para pasar la noche al otro día nos trasladaron en caravana de 5 guaguas Yo iba en la 2 hacia Miami al refugio ‘Krome’. Eran varias horas de Viaje, pero al llegar era como un Regugio alfombrado. Nos vistieron de naranja y un número en la mano como la Identificación y nos cuentan cada mañana.
Y duermo mucho bueno cuando puedo pues hay cantidad de niños y cuando todos lloran te quieres morir. Bueno Mamita ahora tengo que ir a comer pues es obligado nadie se puede quedar en el alberge.
     Los quiero mucho a todos y no me olvido de nadie a cada rato pienso en todos los momentos que pasamos bueno no quiero volver a parecerme tristona porque todos los [ininteligible] igual.
     En lo adelante mandare una carta para cada uno.
     Se la leen a todos mis Amigos y a todo el que pregunte por mí.
     Sin más con el corazón deprimido me despido.
     Tuya Siempre
     Tula
(….)

(En fin, el mar: cartas de balsero cubanos, 142-46).

 

Pateé la radio y salí corriendo Jovellar abajo, bajé Aramburu, Soledad y Marina, llegué al Parque Maceo, crucé corriendo la avenida sorteando el tráfico, escalé el muro del Malecón…
     Toqué el muro. Miré el agua helada de diciembre, encontré mi cara en el claro de la poceta y otra vez quedé desnuda en el ritual conocido. Primero los zapatos y finalmente la ropa interior. No pude calcular los kilómetros que me separaban de él; no mire atrás, no respire profundo ni pensé en las consecuencias. Me lance al mar, zambullendo mi cuerpo en la cortante el gélida profundidad, que otra vez me acogía con naturalidad.
     “Orden, tranquilidad, silencio” sentí mientras se producía la inmersión. Luego subir, subir para nada. Cada vez me acercaba más a la luz; me regresé a la superficie, pues de allí soy. Emergí poco a poco, mirando alrededor, pero preferí sucumbir hasta que la línea de agua tapara mi cara, separando, desprendiendo mi suerte de la realidad. De repente una lluvia blanca empezó a caer sobre el mar. Era nieve. Nevó muy tenue, sólo para mí, por unos segundos. Poco a poco se fue congelando el agua.
     Abrí los brazos y las piernas como para nadar escapando hasta Osvaldo o a Fausto o a mi padre. Quise fugarme mar afuera pero me sentí apresada, entumecida. La voz de Antonio tiraba de mí, me sostenía.
Sigo estando viva, sigo siendo nieve sobre nieve. Ahora soy una piedra de hielo con algunas algas, unos cuantos moluscos, papeles arrugados y arena dispersa. A la deriva viajo poco a poco hasta la inmovilidad total.
     Estoy en La Habana, lo intento, trato de avanzar cada día un poco más. Pero una vez helado el mar Caribe, no hay posibilidad alguna de llegar a ningún sitio. De este lado sigo escribiendo en mi Diario, invernando en mis ideas, sin poder desplazarme, para siempre condenada a la inmovilidad. (Wendy Guerra, Todos se van, 284-85).