‘Algo estúpido como la literatura’

Piñera arremete en sus cartas contra Mañach, Vitier, Lezama, Baquero, Cabrera Infante y otros. Pero, ¿quién ha editado tan chapuceramente esas cartas?

Antonio José Ponte, Madrid

 

La celebración del centenario de nacimiento del dramaturgo, cuentista y poeta Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912- La Habana, 1979) ha propiciado la publicación de unas Obras Completas de magnitud incalculable. Incalculable porque, consultados al menos dos de sus volúmenes, no alcanza a saberse cuántos abarcará, ni en que fecha habrán aparecido todos. El desgano informativo llega a tal punto que ninguno de ellos hace referencia al otro, ni aparece nombre de especialista que responda por el trabajo general.

Ya el volumen dedicado a los trabajos poéticos no hacía más que repetir el que Unión publicara en 1998 y que reprodujera Tusquets en 2000, con lo cual contradecía la completez de estas Obras. El mismo prólogo de Antón Arrufat avisaba que aquella recopilación no era exhaustiva y que seguramente vendrían otros inéditos. Como, en efecto, no ha dejado de ocurrir. Sin embargo, el lector no encontrará en estas Obras Completas un poema como “La Gran Puta” (por citar un ejemplo), rescatado por una revista habanera hace unos años y de gran importancia en la obra del autor.

Roberto Pérez León firma el prólogo de la correspondencia piñeriana, y en el prólogo se lee: “Mar es la posibilidad (gracia) de formar combinaciones deliciosas y disimuladas entre lo cierto y lo imposible. Combinaciones que podrían ser ciertas al ser imposibles por un lado y por otro imposibles por lo ciertas que se muestran cuando se entornan las persianas para que el aguacero no entre, y si entra, con natural jactancia o clave germinativa, se decide convertirlo en limonada de hondo conocimiento poético. La regalía de un aguacero sin necesidad de secularidades, entregas, misterios ni equilibrios de acumulaciones de inspiración. Simple, un aguacero simple y hermoso con goterones transfigurados en ángeles arrebatados por la gozadera de la mojazón.”

Mar que es aguacero que es limonada que son ángeles: las efusiones continúan de esa manera durante varios párrafos. Pérez León concluye su prólogo sin ofrecer criterio alguno de editor, aunque tal vez no haya que atribuirle a él la preparación del volumen. Entonces, ¿quién ha juntado estas cartas?

Una nota sin firma avisa que los originales fueron consultadas en archivos personales habaneros y bonaerenses, y muchos de ellos pasaron luego a colecciones de la Biblioteca Nacional de Cuba y de un par de universidades estadounidenses. ¿Cuáles universidades? ¿En cuáles archivos privados fueron consultadas? Dado lo esquivo de esta edición, parecería inapropiado exigir noticias del origen de cada una de sus piezas.

Quienquiera que haya sido el compilador no muestra demasiadas intenciones de facilitar el camino a aquellos investigadores que vengan detrás de él. Incluso se ha esmerado en ponerle dificultades al simple lector, porque ninguna carta aclara quiénes son su destinatario y su remitente. “Querido amigo,” comienza una, sin fecha. ¿La escribió Piñera o la recibió él? En la siguiente página puede hallarse el remitente: Dulce María. Pero, ¿cuál Dulce María? Loynaz, suponemos, porque Dulce María Loynaz le había remitido una anterior. (El orden del epistolario es cronológico).

Otra, firmada por Piñera el 13 de julio de 1948, va encabezada así: “Querido che.” El lector queda invitado a resolver el enigma de su destinatario. Deducimos que quien la recibiera perteneció al sexo masculino, era argentino y, por lo que se desprende del texto, había publicado una reseña de Ferdydurke en la revista habanera Orígenes. ¿Adolfo de Obieta, acaso?

Junto al grueso de correspondencia escrita por Piñera, el volumen contiene muestras de Gombrowicz, Borges, Zambrano, Moreno Villa, Cortázar, Bianco, Barral, Rodríguez Feo y Vitier. Pero, dado lo ocurrido en el apartado de poesía, no ha de tratarse de un epistolario completo. (En los fondos de la Universidad de Princeton pueden examinarse cartas a Humberto Rodríguez Tomeu no recogidas aquí).

Otra particularidad de este volumen es la profusión de erratas en los nombres citados. Honoger por Honegger, Anonilh por Anouilh, Paulhen por Paulhan, Bretón por Breton, Bernanós por Bernanos, Rosa Chanel por Rosa Chacel, y más. Curiosamente, la mayoría de ellos pertenece al ámbito francés, idioma que Piñera leía perfectamente y del cual tradujo tantos textos. Habrá entonces que achacar tantas erratas a la transcripción.

Pero, descontadas todas estas chapucerías, qué espléndido es que haya aparecido un volumen como éste. Porque varias de sus cartas se conocían ya, pero son muchas las que se publican por primera vez.

Las cartas

Aquí está el muy joven Piñera. Y el Piñera de los años cuarenta, conferencista escandaloso, discutidor de otros miembros de la revista Orígenes. Está el becario de la Comisión Nacional de Cultura de la República Argentina que servirá de puente entre los de Sur y los de Orígenes, el jefe del equipo de traductores que traducirá Ferdydurke por admiración hacia su autor, Witold Gombrowicz.

Esta es la época de su amistad juvenil con Lezama Lima. El 20 de septiembre de 1940, en un prematuro testamento literario, Piñera dispone: “Se entregarán todos mis papeles literarios a mi amigo José Lezama Lima, quien procederá a destruir de los mismos todo aquello que signifique ‘lugares comunes’ en la evolución de la literatura universal.”

Le envía un ejemplar de su librito El conflicto con esta nota (31 de marzo de 1941): “Lo que cuenta, lo único que cuenta (y creo que bastante nos fortalecíamos con esa tal idea, de sillón a sillón, en el reducido espacio de tu cuarto) es trabajar en la obra.” Y vuelve a considerar lo póstumo, pese a no haber llegado a la treintena. Se trata ahora de un tiempo que los abarca a ambos, a Lezama y a él: “Que sereno tiempo cuando este libro y tu libro; tus libros y mis libros se encuentren en una librería cualquiera en un precioso tiempo que formen cien años sobre tu muerte y la mía.”

Sin embargo, en 1943 llegan a pelear físicamente. La bronca a la salida de una conferencia del Lyceum tiene aquí un recuento hecho por Piñera, a quien tampoco faltan otros con quienes polemizar: José María Chacón y Calvo, Jorge Mañach, Cintio Vitier, Gastón Baquero.

La entrada de este último a la redacción de un diario le hará escribirle (4 de agosto de 1943): “Si todo el mundo te ha felicitado yo te doy el pésame; pésame que tú mismo comenzarás a darte desde aquella hora ominosa en que fueras designado columnista de ese diario. Porque es enterramiento lo que ha dejado de existir y cada día que transcurra irás enterrando fragmentos del Gastón Baquero no solicitado por el cotidiano artículo de actualidad.”

Vuelve a la carga al otro año, después de un premio periodístico otorgado a Baquero: “¿Cómo escribir a un personaje muerto? ¿Cómo moverle? ¿Cómo interrogarlo? Por la prensa supe de tu muerte. El periódico Información rezaba: ‘El Premio Justo de Lara adjudicado a Gastón Baquero, etc., etc.’”

Pese a todo ello, una carta de dos años después (25 de febrero de 1946), enviada desde Buenos Aires a sus padres y hermanos, avisa que ha conseguido recomendación para un puesto de columnista en el mismo diario habanero que tanto le repugnaba para el caso de Baquero. Es el mismo diario, es un puesto similar. Y en abril avisa que ya tiene mecanografiada su primera columna, titulada “Paseos por Buenos Aires.”

¿Predicaba acaso una moral distinta a la que se atenía? Sus reproches morales a Baquero, ¿eran achacables a envidia, a sentido de la competencia? Sin descontar del todo tales razones, parece más acertado suponer que de veras se sintió ofendido por la entrada de un poeta amigo en el periodismo y que, tres años después, no dudó en apreciar de otro modo aquella opción. Porque entre una y otra fecha pasó por la experiencia del mundo literario de Buenos Aires, decisivamente modernizador para él.

Está en este volumen el Piñera de los años cincuenta, quien publica sus primeros libros en Argentina y procura colaboraciones, ya no para Orígenes, sino para Ciclón, revista abierta por Rodríguez Feo después de abandonar aquélla. (Contábamos ya con la correspondencia cruzada entre José Rodríguez Feo y José Lezama Lima como directores de Orígenes, ahora accedemos a la trastienda de otra gran revista: el director Rodríguez Feo y el secretario Piñera tratan en sus cartas los asuntos de Ciclón).

Severo Sarduy, Calvert Casey y Guillermo Cabrera Infante aparecen como jóvenes aprendices. “A Sarduy le puse de tarea, escribir en prosa y me trajo una nota sobre un libro sobre el mito del Infierno que le quedó muy bien,” consigna Piñera el 17 de diciembre de 1955. Lo trata en femenino y le indica tareas: “Le dije que siga ‘proseando’ y dice que va a escribir cuentos. Está Severina muy dócil. Ya entró por el aro y se le está pasando aquella soberbia y bríos que tenía hace unos meses.”

De Casey habían recibido un ensayo sin conocer al autor. “El Calvert Casey — que yo creía americano — es ¡¡¡cubano,” anuncia en abril de 1956. “Ya verás qué bien está su ‘Nota sobre pornografía’. Es traductor en las Naciones Unidas. Debe ser una loca enorme.”

Por su parte, Cabrera Infante publica una primera reseña en Ciclón y el resultado no convence a Piñera, que le comunica (6 de abril de 1955) al director de la revista: “para ser brutal hay que tener buen gusto (aunque esto parezca una paradoja). Sé que esa persona es muy joven (porque se encarga de propalarlo en toda la crítica), pero no creo que sea la juventud una excusa definitiva para ciertas decisiones.” (Una carta posterior, de enero de 1959, describe a Cabrera Infante como vulgar y ambicioso. Luego serán amigos.)

Jorge Luis Borges se hace de rogar por unos inéditos, aunque también se muestra cercano: le pide a Piñera que lea en voz alta un cuento que celebra, “El Gran Baro.” Silvina Ocampo lo examina como quiromántica. “Veía en las líneas de mi mano que estaba devorado por un pensamiento angustioso,” recuenta él. “Me dijo que era tan obsesionante que comprendía del modo que yo estaba sufriendo.”

Vive apretadamente, ya sin beca. Pide dinero en sus cartas. Vuelve a La Habana varias veces, una capital que crece en “edificios magníficos” y en comodidades inencontrables en Buenos Aires, aunque también abunda en rincones nada gratos: “No te puedes imaginar qué ruidos, qué chusma; las calles de La Habana Vieja abiertas; parece una ciudad sitiada.” (Carta a Humberto Rodríguez Tomeu, 25 de septiembre de 1953).

Está el Piñera de los años sesenta, que ha abandonado definitivamente Buenos Aires. Cuenta con una columna en el suplemento Lunes de Revolución, su nombre aparece en los carteles teatrales habaneros (se estrena Aire Frío, reponen Electra Garrigó) y recibe algunos avisos del castigo oficial que caerá sobre él dentro de pocos años. Una carta del 2 de octubre de 1963 cuenta cómo fue invitado por el Festival de Edimburgo y cómo los funcionarios de la Unión de Escritores y Artistas se encargaron de cerrarle el paso. Nicolas Guillén, presidente de la institución, le ofreció una excusa increíble: “Me dice Guillén que la culpa es de la secretaria que no abrió la correspondencia oficial en su ausencia.”

En ese mismo envío agrega: “Aquí estamos sin agua desde [hace] 12 días. Y tampoco de botellón. Imagina mi estado de ánimo, por esto y por tantas otras cosas. No hay café. […] Olga Andreu me trajo un cubito de agua de su casa en el auto. Ya hay todo un equipo de negritos que venden agua en unas carretillas improvisadas. Cubo chico: veinte centavos, cubo grande: cuarenta, lata de aceite: sesenta. Bueno, para qué seguir. Si algún día volvemos a vernos estaré hablando sin parar un mes entero. Pero, ¿volveremos a vernos?”

Cambia luego el tono de su carta: “Hoy estoy un poco más animado. Pues recibí desde Londres un cepillo de dientes de nylon. No puedes imaginar el valor que tiene para nosotros cualquier bobería de esas. ¡Un cepillo! Es todo un mundo.” (Lezama Lima escribía por entonces a su hermana menor en el exilio: “Las cosas más nimias se convierten en lo nimio gigantesco. Una cáscara de cebolla puede ser tan rara como una moneda etrusca. La carta última es la carta primera. En fin, parece como si se acercaran los tiempos del Apocalipsis, todo enredo y equivocaciones”).

Julio Cortázar comenta por escrito cuán poco le han gustado la obra teatral El no (guarda un buen recuerdo de Aire frío) y la novela Pequeñas maniobras. Carlos Barral le escribe en relación con el Premio Biblioteca Breve, donde concursa con una novela. Con tan pocas posibilidades, que Barral le ofrece retirarla de concurso. (Ha de tratarse de Presiones y diamantes, aunque no hay nota en el epistolario que lo aclare.) Piñera contesta a Barral con esta hermosa lección ante el fracaso: “Tengo entendido que un escritor al optar por un premio literario lo hace a sabiendas de que tanto puede ganarlo como perderlo. Si ello es así no veo por qué no hacerlo aparecer entre los perdedores, como ha sido mi caso en el premio Biblioteca Breve. ¿En que puede menoscabar mi ‘crédito de escritor’ que el público se entere de que no he obtenido el premio de tu casa editorial? Una cosa es el juicio del jurado calificador (que merece mi respeto), y otra cosa es mi novela, que en sí misma sigue formando parte de mi obra literaria y lo cual, no hay que decirlo, merece también mi respeto.”

De los años setenta aparecen apenas cuatro piezas. La última, sumamente triste en caso de conocerse las circunstancias, puede pasar inadvertida para el lector de esta edición de pésimo aparato. Fechada el 15 de diciembre de 1978, va dirigida a Juanita Gómez, amiga en cuya casa celebraban tertulias. Se acercan las fiestas de fin de año (la Navidad estaba prohibida entonces) y él le escribe una carta de despedida. “Le agradezco a usted y su familia todas las atenciones y finezas que tuvieron para mí en todo instante. Tampoco olvido. Con el recuerdo sigo viéndolos a ustedes, y con el recuerdo, sigo sentándome a su mesa familiar y sigo conversando con ustedes.”

Escribe en esa carta una de las más hermosas frases de una correspondencia que no abunda en tonos literarios: “Que pueda proseguir por muchos años esa vida suya maravillosa, en su jardín encantado, en su cocina, no menos encantada, con sus hijos y su nieta, como si el tiempo no existiera, asistiendo a las albas y a los atardeceres de la vida.” Juanita y él no se verán más, no porque él vaya a morir en octubre del año siguiente, sino porque la policía política ha prohibido las tertulias y su presencia en aquella casa. Le negaban hasta ese único espacio íntimo de libertad.

EL 22 de abril de 1958, a los 46 años de edad, Virgilio Piñera había escrito a José Rodríguez Feo este otro pensamiento acerca de lo póstumo: “Cuando esté bajo tierra, y como las nuevas generaciones serán más prácticas que yo, dirán de mí: ese tonto se sacrificó nada menos que por la literatura… Pasó hambre, frío, vejaciones y demás por algo estúpido como la literatura.”

Sin Editor: Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978. Obras Completas. Edición del Centenario  (Unión, La Habana, 2012).

Diario de Cuba, 9 de noviembre de 2012