Padilla se autoinculpa y Nancy Morejón bosteza

Antonio José Ponte

     Una vez, hace años y en La Habana, tuve oportunidad de asomarme al archivo fílmico del instituto de cine. Guardaban allí imágenes prohibidas o de acceso restringido, pero solo fue asomarme. Una realizadora de documentales me había contratado para que escribiera un guión sobre la ciudad prerrevolucionaria, ella era políticamente confiable y le permitían seleccionar materiales de archivo.
     Salió a recibirnos la especialista a cargo del almacenamiento y conservación de películas. Llevaba toda la vida allí, desde la creación del instituto. No vestía bata blanca ni utilizaba guantes. Hacía calor y no contaban con aire acondicionado. Ya nos tenía separados viejos noticieros en los que se veía a Tyrone Power llegando a la ciudad, a la actriz mexicana María Félix en Tropicana, unas tiendas iluminadas en una Navidad de los años cincuenta... Episodios cuyo único ingrediente político se reducía a dar fe de una bonanza perdida.
     El documental que planeábamos terminó por no hacerse (o se hizo sin mí, ya no recuerdo), aunque alcancé a volver por el archivo, conversé con la encargada varias veces, y ella me aseguró que no tenían allí ninguna de las películas por las que le preguntaba: el entierro de José Lezama Lima y el discurso de autoinculpación de Heberto Padilla. Bajó la voz cuanto pudo: conocía de la existencia de ambas filmaciones, al menos la del entierro había sido ordenada por el propio presidente del instituto, Alfredo Guevara, pero si acaso esos rollos existían tendrían que estar en una caja fuerte. O (¡con qué hilito de voz se atrevió a sugerirlo!) en las bóvedas de la policía política, de la Seguridad del Estado.
     ¿Por qué mostraba yo tanto interés por ellos, qué hacía buscándolos? Sencillamente, por no haber estado presente en la asamblea y el entierro. Habría alguna razón para mantener esas películas en secreto, y yo quería descubrirla. José Lezama Lima había muerto en 1976. Celebrado y editado en los primeros años revolucionarios, a partir del "caso Padilla" no alcanzó a publicar otro libro, retiraron sus obras de las bibliotecas, le prohibieron viajar al extranjero, vigilaron su casa y su correspondencia. Y cuando no pudieron espiarlo más, mandaron un camarógrafo a filmar su entierro. Hoy no existe película en donde se le vea leer alguno de sus textos con tan particular entonación como tenía. Nunca le filmaron entrevista o conferencia. En cambio, el presidente del instituto de cine se ocupó de documentar su entierro y en esos pies de película consta el cierre de su expediente policial, la mirada última que le dedican sus guardas.
     Lezama Lima había sido jurado del concurso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) que, en contra de presiones oficiales, premió un libro de poemas de Heberto Padilla. Fuera de juego fue publicado con una carta introductoria donde la UNEAC mostraba su rechazo a la decisión del jurado y calificaba de contrarrevolucionarias aquellas páginas. La Seguridad del Estado detuvo a su autor, hizo que el miedo circulara entre los escritores, plantó a Padilla ante una asamblea gremial en la que él terminó por inculparse, denunció al resto de los supuestos conspiradores y apuntó especialmente hacia Lezama Lima.
     Podría decirse que el comisario a cargo de aquel caso seguía al pie de la letra varios de los poemas del libro perseguido. Delante de una asamblea de escritores, Padilla no hacía más que imitar el protocolo de los juicios que Stalin orquestara treinta y tantos años antes. Al menos así lo explicó el poeta al llegar al exilio: que no fue el miedo quien lo hiciera denunciar a otros, sino la necesidad de alertar al mundo mediante un acto fácilmente reconocible, imputable a un nuevo estalinismo. A fuerza de sobreactuar el guión que sus interrogadores le impusieran había conseguido subvertir ese guión, llevarlo al paroxismo, transformarlo en una sirena de alarma.
     Muchas veces me he preguntado hasta qué punto resulta plausible una coartada así. De ahí mi curiosidad por esa filmación, mi interés por calibrar al histrión Heberto Padilla. He leído su discurso de autoinculpación (se publicó enseguida), pero quisiera verlo y escuchárselo de viva voz. Hace dos años, un documental reveló un minúsculo fragmento de él, apenas dos minutos. En nítido blanco y negro, con el sonido en perfectas condiciones. "Compañeros", empieza Padilla, "desde anoche, a las doce y media más o menos, la dirección de la Revolución me puso en libertad, me ha dado la oportunidad de dirigirme a mis amigos y compañeros escritores sobre una serie de aspectos a los que seguidamente yo me voy a referir…"
     Luneta 1, escrito y dirigido por Rebeca Chávez, fue producido por el instituto cubano de cine. Alfredo Guevara ocupa la primera mitad del documental y durante media hora brinda su versión de esa y otras historias, rememora su carrera de appáratchik. Como en sus décadas de mandato sobre todo el cine, desde la producción hasta las salas, nadie lo contradice o lo cuestiona. Luego aparecen varios artistas e investigadores jóvenes, uno de ellos se refiere a Heberto Padilla y viene a propósito la cita de archivo. Según alcanza a verse, en aquella asamblea hubo al menos tres cámaras de cine. ¿Significa esto que pudiera conservarse más de un registro? Entre los escritores reunidos son reconocibles los jóvenes poetas Miguel Barnet y Nancy Morejón. Ella bosteza.
     La brevedad de ese fragmento no deja margen para hipótesis acerca de las intenciones de Padilla, de modo que me fijo en el bostezo de Nancy Morejón. ¿Cómo pudo alguien, en un momento así, apelar al sueño o al hambre? Supongo que bostezaría por mimetismo, igual a tantos animales que se camuflan para no ser cazados. Con ese bostezo desalentaba a Padilla, en caso de que él se dispusiera a mencionarla entre sus cómplices. Puesto que el último lugar donde bostezaríamos es en medio de un sueño, Nancy Morejón bostezaba para mantenerse fuera de aquella pesadilla.  
     Cuatro o cinco años antes la policía política había dispersado el grupo de escritores al que perteneciera. Clausuró la pequeña editorial fundada por ellos y envió a su director a un campo de trabajos forzados. Ella consiguió salvarse, pero incluso décadas después no había perdido el miedo a hablar en las asambleas, miedo a que la mandaran a callar recordándole su pertenencia al grupo El Puente: así lo reconoció en una entrevista.
     Barnet y Morejón, jóvenes en esas imágenes de archivo, ascendieron luego hasta ser los actuales presidente de la UNEAC y presidenta de la sección de escritores de dicha institución. (Otro modo de bostezar, aduciría ella, un seguro contra el antiguo miedo.) Rebeca Chávez, realizadora de Luneta 1, es la misma documentalista con la que visité el archivo del instituto de cine. Me pregunto si desde entonces tenía en su poder las imágenes del discurso de Padilla. En cualquier caso, ella supo a quién pedírselas y dónde encontrarlas. Lástima que fuera tan tacaña administrándolas.
     De la filmación del entierro de José Lezama Lima no he tenido hasta ahora noticias.

10 de julio de 2014

Revista de Cultura Ñ. Suplemento de Clarín, Buenos Aires
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Heberto_Padilla-version-caribena-estalinismo_0_1169283106.html