jagüey (dibujo de Samuel Hazard)    En La Loma del Ángel seguramente hará evocar tanto la novela Cecilia Valdés como a su creador, el novelista cubano Cirilo Villaverde. Será éste, pues, el espacio dedicado a la narrativa y a los estudios, crítica y artículos acerca de obras y autores destacados de este género. 
   Ofrecemos en esta oportunidad dos relatos breves de Rita Martín (La Habana, 1963).  Graduada de licenciada en Filología en la Universidad de La Habana, se desempeñó como investigadora en el Instituto de Literatura y Linguística de la Academia de Ciencias.  Rita cultiva la crítica literaria, el cuento y la poesía.  Trabajos suyos aparecieron en Letras Cubanas, El Caimán Barbudo, Revista de la Universidad de La Habana y Anuario Martiano. La editorial Letras Cubanas publicó su plaquette El cuerpo de su ausencia en la colección El papel literario
 
 
LA IDIOTA EN PRIMAVERA 

     La primavera ha llegado -dice la idiota del pueblo que todas las noches ahoga entre sus manos a sus propios hijos. Monstruos de mi creación, agrega. He de continuar el desnudo más largo de la historia -dice mientras se alisa el pelo. - Hace falta un verdadero Dios -dijo, preparándose ante el espejo.- Pregúntale a ella -dice al carnicero que pica la carne en trozos precisos. Ella es ahora él y él no existe sino en ella -en tanto se retoca la pintura de los labios- ¿No le ha picado a usted una abeja muerta? Tengo el cuerpo lleno. -dice y se rasca, - Las ballenas se suicidan en masa. Los hombres también. Unos no llegan a nacer. Otros mueren de su amor o de su odio. Amar es aún más monstruoso que cometer un homicidio. Para amar hay que creer. Maldito el hombre que cree en otro hombre. ¿No le parece? ¿Quién mató a Cristo? ¿No le asestaba el golpe definitivo al César su propio hijo, Bruto?  Las entrañas cortan sus propias entrañas. ¿No le parece? Esto es a lo que algunos, aún hoy, no se acostumbran y por lo cual cometen una sarta de estupideces. Mientras mato a mis hijos, el placer es enorme. Muere todo a través de mis manos y, nuevamente, soy Dios. Inefable es sentirse Dios sobre la tierra. Inefable saber que lo eres. Yo era Dios y creé al hombre y a la mujer. Me creé a mí misma y creé el lugar que debía habitar, arrasado para siempre, por la gracia de otro monstruo divino. Era mi hermana,  mi amante, mi propia sustancia. Dos carnicero, dos trozos de carne -dice-, pártelos así, en cuatro, en seis, en ocho, en más. Esta noche celebramos con carne asada y papas. La perfecta sobredosis que precipita el fin y nos pone fuera del mundo, para siempre.- Carnicero, más, que sean más despojos a la hora del banquete. 
 

FIELES TESTIGOS 

     Las luces se revuelven dentro de la mente. Nada más que un paso por los elevados (comúnmente llamados expressways) y zás, las luces de nuevo. La lluvia también. No puedo recordar el patio central sin el agua cayendo en rodajas y el vino casero en mis labios. Un vino casero sería lo mejor, pero me bajo del auto y compro en el Liquor Store una botella de whiskey y 
algún queso. Cuando llego a la casa le digo a mi madre que tenemos que hacer vino. Como siempre, mira extrañada todo lo que sale de esta boca: ¿Ahora.vinos caseros?- Pero, lo más importante, el tiempo. Lo haces tú, ¿sabes? Lo haces tú. Claro que lo hago yo, como también hago los asados y quemo el incienso y pongo música prohibida. Ah, ¿no sabía que algunos prohíben cierta música? Claro, hombre, de otro modo, cuanto detalle, ¿no? El asunto es el de siempre. No dejarse hacer. Cuando era adolescente escuchaba a los Beatles, en silencio y a escondidas. A escondidas leía El doctor Zhivago y Rebelión en la granja. Puede usted decirlo. No sé vivir sin lo prohibido y por supuesto que tiene razón, siempre estoy del otro lado. ¿O se creía que había muerto? Casi, señor, pero recordé que un día marchaba con rosarios en el pecho y aplaudía en público a los pintores que dejaban caer la bota, llena de sangre, en una exposición. Tan sólo era una Sin título, 1996 (Yaquelin Abdalá) acrílico sobre papélacción plástica, ¿sabe? Y recordé que he besado a un niño en la noche y, sin importarme el riesgo, hice, varias veces, el amor con un desconocido. Quería enfermarme, señor, y ahora no hay nada diferente en mi deseo. Escribí una historia y luego otra y luego. Pero dice mi madre que debemos marchamos. La historia se repite. Me voy cantando Yellow Submarine, a falta de saberme la letra de Lucy en el cielo. Entonces no sabía si irme o quedarme para siempre, entre cuatro paredes que nada dicen y que siempre han escuchado el grito. Las paredes están llenas de mis gritos y mis llantos, también de mi sexo. Son los testigos más fieles, las paredes. Son la soledad y el calor que entra por la ventana y  provoca un orgasmo. Claro que me miras de nuevo y niegas y mascullas y dices que no está bien seguir diciendo cosas que no gustan por nada. Por levantar un poco la voz se han muerto algunos miembros de la familia. Podridos en el calabozo, como aclara el teniente, para que no nos equivoquemos. Pero, prisionera de mí misma, entiendo la cárcel como una extensión de lo mismo. Lo mismo y lo idéntico. Yo y el Otro. El otro y lo que soy y la que mira las luces de la ciudad y apenas sueña y si lo hace es con aquellas luces que en verdad es creerse que sueña y que escribe algo porque siempre le ha parecido que la hoja era la forma idónea de, mejor ignorémoslo. Entonces es que llega el payaso y ofrece la flor que tiró la amada y se ríe. Posiblemente llore. Deambula las calles. Sólo ve las luces del Park Plaza Hotel que bañan el McDonald's y el Burger King más próximos y hasta el Latin American que cierra a punto de la madrugada, como ilusoria opción de un pueblecito de campo, rodeado de lagos. Las  luces de  la ciudad entorpecen la nueva mirada (o la misma) sobre las cosas, sobre esta playa blanquecina, alguien dijo que albina, donde todo es de dos colores: blanco y verde, rojo y blanco, azul y blanco. Siempre lo blanco y otro color pastel. Es una obsesión la uniformidad de lo  diverso en estas aguas. Ah, aquellas luces de la ciudad sobre complicada arquitectura. Raras construcciones que usted siente suyas como los fragmentos de Pompeya. Entonces es que fumo el cigarro y tomo algo de la caneca y creo que el vino casero es mejor opción que el de California y que hubiese sido mejor morir de aquella manera y no vivir más de ésta y, en Sigifreda que aún duerme y vuelvo a la cocina y pienso en el último viaje en auto. Toda la noche manejando y nada.  Toda la tarde manejando y nada. Toda la mañana manejando y nada. Toda la semana. Todos los meses. Todos los años. Los años pasan y recuerdo esa canción también prohibida de este lado (aceptada en el otro) de que nos vamos poniendo viejos y no quiero que pase lo de siempre. Lo que ha acontecido durante más de tres décadas de estar y no estar aquí, de empezar para terminar y ser nuevamente la sombra de lo otro. Lo otro que no se encuentra y sueña la ciudad en sus más precisas formas y ser esto y soñar lo nuevo y recrearlo y hablar del padre suizo que ahogó a sus propios hijos y luego se tiró al pozo y comprenderlo desde una noche estrellada en el valor del asesinato y del suicidio. Las trampas de la fe que me impiden dar el golpe definitivo en el preciso momento y nos conducen a  Dios. Dios y yo éramos la misma persona y mi padre me mira como si fuera un hereje, aunque sé que le gusta, porque la blasfemia es lo único sano en una ciudad impensada e impensante. No sé quién la piensa. De todos modos ha de tener muy poca imaginación. Imagine, ni un soportal con tanto sol, ni un camino central para que la gente tropiece y se huela a sí misma en el acabamiento del día y el comienzo de la noche. Una ciudad en que el metro no funciona después de las 10:00 p.m., la hora en que una ciudad nace.  Entre botellas de ron y apagones vislumbraba la luz de la farola contra el muelle. Precisa imaginación que nos hacía levantarnos y decir esto es una porquería. Lo sigue siendo aunque me muera de nostalgia por las luces que sólo caían de las estrellas. Y es que llega un momento en que usted sabe que uno no es de ninguna parte. Uno siempre está abocado a hacer el equipaje. Uno siempre está muriendo, preparándose para ello; pero eso no guarda relación alguna con el recuerdo de una ciudad. Lo que 
sucede, le decía, es esta ansia de unir los fragmentos que irremediables se pierden y son otros. Lo otro, le decía, se encontraba allá, entre aquellas luces que usted puede observar tan sólo a unas millas. Ve, me desmiento. Lo otro está aquí y entonces el ser se encuentra allá y claro que es de locos y digo que es mejor tomarnos un poco de vino casero para ver si la memoria puede devolvernos a parte alguna o acaso el olvido nos lance a otro sitio, donde volvamos a decir, que bien, éstas son las luces y la ciudad, dónde.