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Reunimos en esta azotea a dos
poetas: Ricardo Alberto
Pérez (Richard) y Carlos Pintado. Ambos han
ganado
recientemente
importantes premios literarios. La
Habana Elegante les agradece a Reina María y a
Félix Lizárraga respectivamente las palabras de
presentación de la poesía de Richard, y de Karlos. Vibraciones de R Reina María Rodríguez Cuando Richard (Ricardo Alberto Pérez) me dedica “Vibraciones del buey”, dice: “para Reina, de este viejo buey por cuyo ojo ha entrado todo”. Su “yo” se ha convertido en la mirada del animal trabajador, cansado. Cuando conocí a RAP hace más de quince años, era un muchacho con rizos que venía del campo para mí remoto, pero cercano de Jaruco, con su camisa a cuadros y un ramo de flores silvestres para llevar a la virgen: porque él siempre creyó. Creyó en la fuerza del lenguaje, en esa fe en la oración para derribar obstáculos. Sus poemas son oraciones, dardos envenenados (y benditos) con tierra y sal. Desde los primeros poemas suyos que leí había una sustancia amasada lentamente. De ahí sus vibraciones siempre relacionadas con un ojo que todo lo captura. Ojo cuya pupila se altera y salta desorbitada por la sensualidad que le inspiran: tripas, ovarios, corazones, babas ajenas. Me parecía imposible entonces, que las vibraciones emitidas por sentidos tan opuestos, arbitrarios y hasta confusos, armonizaran para vibrar en un punto. Cuando muchos de aquellos textos de los 90 y sus autores se desvanecieron en el aire como la profecía del título de Marshall Berman que por entonces leíamos - Todo lo sólido se desvanece en el aire - quedaron afianzados poemas como “Jeanot o el otro ruido de la noche”, de RAP, un texto extenso, de tono narrativo, donde la fábula insiste en trastocar los límites de tres sujetos encadenados a la imposibilidad de una pasión. Este es un texto que recuerdo por su gran intensidad, a pesar de la estructura rota del sujeto y del contexto que pretende armar otra sensibilidad, una sensibilidad post moderna. Un texto donde, lo que está en el presente se ha fugado a otra historia oculta y paralela en el pasado. La rareza de “Jeanot o el otro ruido de la noche”; la subordinación de ambientes reciclados, la ironía, la burla ante la muerte, la palabra superpuesta sobre otra palabra (como eco de otras épocas) sacando sus vetas a esa insubordinación y jerarquías. El reto de la poesía de RAP (poesía romántica y escatológica a la vez), sacada de los desperdicios y de la náusea (pero, sobretodo, del corazón) es el reto de un Prokofiev tropical: es su reto ante esa música inalcanzable que siempre ha sido su obsesión. Años después, RAP comenzó a crear desde esa estructura rota (deforme) como una jiba en la que se carga y transporta el peso de “lo literario” y de los escritores que se han convertido en sus parientes lejanos y que se padecen como enfermedades crónicas (Antonin Artaud, Nietzche, Jean Jenet, Samuel Bekett, Deleuze). Estas vigas irán triangulando sus objetivos entre la cordura y la sin razón, para que su “yo” sea: la voz del “yo” del artista en muchos tiempos y contextos extrapolados. Armando el árbol hermético al que se refiere en Las sagradas escrituras Héctor Libertella: tradición hermética sin acento barroco, neohermetismo, esoterismo, surrealismo, automatismo hasta llegar al neobarroco, grafismo, afasia, ideolectos, concretismo y ficción teórica. Y usando más tarde a Severo Sarduy como molde, puesto en el cruce de la tradición barroca junto al sicoanálisis y de la lingüística hasta llegar al pastiche, donde se parapeta. RAP parte de esta tradición hermética poniendo en juego su razón en el enfrentamiento de alterar asociaciones discontinuas y parapléjicas. Después de su regreso de Brasil donde vivió dos años, al conocer el portugués y traducir de esa lengua su antología Once poetas brasileños para la “Torre de Letras” que se convirtió después, en Catorce poetas brasileños para la editorial Arte y Literatura, y al profundizar mucho más en las poéticas de autores neobarrocos argentinos y brasileños, RAP remueve sus fibras óseas producidas en Jaruco hasta lograr una estrangulación total de su romanticismo y junta su visión rural a la reconstruir de una metáfora enrarecida, quebrada: “Formulé en bajo, con la vértebra quebrada,/ el simbolismo/ del excremento del molusco;/ el molusco/ es una boca bien/ caótica/apartado/ de la línea razonable/ de las inscripciones…”(De Trillos urbanos, para entrar al territorio puro del poema, no solo del lenguaje, con obsesión. “Membrana para el texto –dice en “Postergación del panal”- maña, sistema regulado/ por donde pueden entrar y salir los desechos/ sin alboroto”. La membrana que oculta al iris es la de algún animal nada mitológico: el avestruz, el buey, el cerdo, la ameba, la garza o la gallina. Son animales que desde su insignificancia quieren rearmar otro mito al amparo de la oblicuidad o marginalidad real desde donde nos miran. “Toda membrana queda a expensas de volverse orificio, hundimiento, hervidero...” dice R. Esa membrana está entre su ojo y el paisaje; entre su ojo y la realidad como obstáculo contra las prohibiciones: “era la época de las prohibiciones, dice, en mí nació una conjura temporal con el cerdo...aprendí una vida interior del cerdo...” Su “yo” se ha reabastecido en el ojo de esos animales de corral cansados de hacer sus tareas diarias mecánicamente. Estos animales escapan así de su faena primordial y miserable, y asumen también “la poesis”. “Ahora la garza tiene un sitio más cívico, una zona más exterior del ovillo donde su cuerpo resiste el destino flotante”. Hasta la garza ha encontrado su sitio de civilidad, su cordura. Él ha devuelto su dignificación a los animales insignificantes con otra utilidad estética. O, en: “un viejo judío de La Habana decía: esto no lo puedo soportar; mis vecinos han traído un cerdo de Oriente/ lo han colocado en el baño. El cerdo es anti-semita...no echar perlas a los cerdos”. Estos fragmentos demuestran otra manera de producir lo rural convirtiendo el ojo del animal en punto focal desde donde se ve y padece lo externo ridiculizado una y otra vez: las ciudades que se anhelan, los rostros que agasajan, la felicidad que no consigue más que con un poema irónico “Feliz Fellini!”. Humor, distorsión e ironía para esos mártires de los cuadros que aparecen por aquí y por allá y que solo sirven para remover la culpa. La culpa que en los versos de RAP se vuelve bilis: porque en sus poemas todo se ha “fabricado con un poco de bilis”, dice en el poema “Ferdinando Prenom”. “Contra el imaginario” es el poema clave de Vibraciones de un buey donde RAP explica con claridad lo que ha querido hacer: romper el imaginario suave y pasivo embelesado por las costumbres y en la rutina de la razón para “transitar por el borde de ciertas palabras”. Palabras advenedizas y configuradas para otros territorios del lenguaje. “En los últimos meses – dice en “Contra el imaginario”- he tratado de armar una nueva ficción/ de rescatar la relación con mi madre/ como si la mitología ayudara a hacerla menos inmaterial”. La idea de que lo material proviene de otros sitios, objetos y palabras cuyas sensaciones no contemplamos habitualmente para el imaginario poético es la clave de Vibraciones de un buey. Aceptadas o no, ellas se fugan para reabsorber el líquido de esa sustancia (no la mica) contra la que el autor fluye hasta “arrancar el sarro de raíz”; como si la palabra efectiva, la que provoca la acción que no se da, fuera buey, ganso, tráquea, glándula. Palabras que segregan pus, rabia, saliva, sudor, vómito, orín, sangre. Son palabras-pústulas que apestan y desacralizan. Palabras engendradas en un árbol de muñequitos rusos, o en motorcitos ya envejecidos de la URSS, o en una lata de conserva fermentada, o en el feto que viaja dentro de un vientre polaco, o en un tractor que se dibuja en la página-país roturando su inconsistencia; palabras en las que RAP confía y busca morboso el hedor, la negación de lo sentimental a través de una emoción siempre contaminada. “Ella también estaba, la vi abrirse como a una res decuatizada”, dice recordándonos los cuadros de Umberto Peña en los 60. En la segunda parte de Vibraciones del buey, Pisadas, aparecen poemas cada vez menos literarios y más concentrados en la ordenación de estímulos y gestos que no pretenden asir, sino cortar, desarraigar, supurar, las maneras de un querer, ese espacio que ha queda vacío para el común imaginario del otro, hasta el hemisferio donde están las pústulas que él acaricia. “Las gallinas sabían...no es pico de caraira/ escarba, escarba, escarba, no es pico de caraira...Paladar a ritmo de fermento...néctar que le otorga la descomposición” –dice, y la descomposición es la madre de su poesis, de su pasión descuartizadora, a quien le pide: “no me dejes caer/ rozar el cuerpo con frases dañadas...” Si RAP puede lograr el cambio hacia otra sensibilidad o no, es el reto mayúsculo del vaciado por donde transitan estos poemas que tratan de ajustarse a una tradición, pero a la vez se zafan de ella, dejan de ser herméticos, y buscan vericuetos clínicos, salidas enrarecidas, pero explicativas que aspiran a romper el molde entre lo conversacional y lo simbólico, entre lo neobarroco y lo real. Esperamos ese momento donde él ya esté allí, adelantado, y haya llegado primero diciéndonos: esta metástasis es mi sociedad, mi soledad. Sabemos que será un mundo larvario en busca de orígenes por una sensibilidad que perdimos, con modos de sentir y entregarnos, con gestos no contaminados por las poses, los fines, los compromisos, las estaciones, las ideologías. Hay una vivacidad, una chispa que está anunciando ya ese sitio, lo vimos en los poemas sobre lentejas, chícharos, cerdos, marcas, “Oral B”, por ejemplo, un libro inédito. La síntesis a la que quiere llegar es un atajo donde se contraen los músculos del poema, la sintaxis se retuerce y las palabras chorrean como tumores que reventarán como él mismo ha dicho con: “cadencia, un sostén/ cinismo, pulcritud”. Espero que esta antología, hecha por el autor, bajo mi insistencia de que coloque textos de tiempos anteriores para ver el proceso de su trabajo (los vericuetos, como le llamo), sea un espacio para el encuentro con uno de los poetas más radicales y variopintos (utilizo aquí una palabra que le gustará), de la literatura cubana actual. Muchas gracias Reina María Rodríguez Azotea, 16 de noviembre 2006 Poemas del libro Oral-B, de Ricardo (Richard) Alberto Pérez La babosa no precisa menstruar La babosa no precisa menstruar va fundiendo en el mundo esa sustancia que establece con recta disposición. cualquier filosofía o música, imagen o escritura en la babosa cabe. contiene ritmos pulsos temperaturas. Con su casa a cuestas va a subir el árbol. Babosa no es un azar aunque haya sido lanzada como un dado para decir: la voluntad está inscripta delante de tus ojos. Primera habitación La contemplaba orinar, le pagaba con la mano rozándole la espalda; el orine caía expresión del bromo sales, se dice. orinaba, yo seguía pensando en la primera habitación (útero); después arregla las otras como puedas, madera resistente una lámpara, recuerda que la luz muy blanca no sirve para amar. en su gestión era el arco del cuerpo el que brillaba la media complacencia de las formas. orinaba, sus ojos me miraron. Oral–B Natalia cepillaba y cantaba. En las caries se detenía, jugueteaba como si pequeñas lunas de marfil resplandecieran. y cuando el semen también se había acumulado Oral – B, lo descubría. Floración y desfloración de mi vejiga A veces pienso que mi vejiga floral soporta. Mi vejiga no usa zapatos no es la del pez y roe un pan dejado caer desde lo alto Cuando hay amante, menos nerviosa. Cuando no hay, flota, transculta, emigra termino pensando que la única ficción que poseo es mi vejiga. Aves poderosas Ángel y José, ya saben que tenemos aves poderosas. José, un emigrante que escribe al infinito (esa profesión la aprendió de su padre, de su raza quizás…). Ángel estuvo por aquí más tiempo, un día extrañó a los pasajeros de un ómnibus y dijo: “ustedes no me quieren”; más tarde se fue a Chile. José ha puesto su familia en el poema, la ha sentado cómoda, tranquila. Kozer sabe, como Velázquez de esas cosas. Ángel, que en Alamar, nos hablaba despacio, definió con tono de magnífico: “Lo fatal es el cernícalo.” Trencito rural (basado en ideas de Heitor Villalobos y Egberto Gismonti) Hierba, Hierba, Hierba, a veces manchas pronunciadas de aceite leves un sombrero, dos, cuatro. la mano arañiza teje, percute resuelve, descansa. leche, hierba, hierba Sabes?, calzo de freno es puro hierro: compacto. También muela que trincando en un puente de ritmo nos dice: “esa tímida ha comprado un creyón para inventarse una boca.” Sobre raíles vamos cuerpos nutridos por la luz del bamboleo, entre polines estamos, pitagóricos pactando con desconocidos; y al mirar hacia afuera: las gallinas vigorosas en los patios. |
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